Comunicación en pareja: la clave para entenderse mejor
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Ivet Vidal. Psicóloga infanto-juvenil. Psicoterapeuta familiar y de pareja.
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Cuando la discusión no va de lo que parece que va
Son las once de la noche. Habéis empezado hablando de quién recoge mañana a los niños y, tres frases después, estáis en «es que tú nunca». Ninguno de los dos sabría decir en qué momento se torció.
Al día siguiente, si os lo preguntaran, diríais que discutisteis por los horarios. Pero no fue eso. Casi nunca es eso.
La mayoría de las discusiones de pareja no tratan sobre el tema del que aparentemente tratan. Debajo de «no has fregado» suele haber un «no siento que esto lo llevemos entre los dos». Debajo de «siempre llegas tarde» hay muchas veces un «necesito saber que soy importante para ti». El problema es que eso segundo no se dice. Se dice lo primero, con mala cara, y el otro contesta a lo primero, también con mala cara.
Y así una y otra vez.
No es que no habléis. Es cómo
Muchas parejas llegan a consulta diciendo «es que no nos comunicamos». Casi nunca es verdad. Se comunican muchísimo: con los silencios, con el tono, con los portazos suaves, con esa manera de contestar «nada» cuando pasa todo.
Lo que ocurre no es ausencia de comunicación. Es que se ha instalado una forma de hablarse que ya no sirve para entenderse, solo para defenderse.
El psicólogo John Gottman lleva décadas grabando a parejas discutiendo y ha identificado cuatro maneras de comunicarse que predicen bastante bien que una relación se rompa. Merece la pena conocerlas, no para señalarse con el dedo, sino para reconocerlas cuando aparecen.
La crítica
No es lo mismo «me he sentido sola esta semana» que «eres un egoísta». Lo primero habla de ti y abre una conversación. Lo segundo habla de quién es el otro y la cierra.
El desprecio
Los ojos en blanco, el sarcasmo, ese «claro, claro» que quiere decir lo contrario. Es el más dañino de los cuatro, porque comunica algo peor que enfado: comunica «estoy por encima de ti».
La actitud defensiva
Responder a un reproche con otro reproche. «¿Que yo no ayudo? Perdona, ¿y quién llevó el coche al taller?» Es humano y es comprensible. También es una manera de decirle al otro que su malestar no te interesa.
La evasión
Callarse, mirar el móvil, salir de la habitación. Por dentro no hay indiferencia: normalmente hay una persona desbordada que no sabe qué hacer con tanta intensidad. Pero desde fuera se lee como abandono.
Si os habéis reconocido en alguna, no significa que vuestra relación esté condenada. Aparecen en casi todas las parejas alguna vez. Lo que marca la diferencia no es que no aparezcan nunca, sino lo que hacéis después.
El baile que hacéis siempre igual
Hay un patrón que se repite tantísimo que tiene nombre propio: uno persigue, el otro se aleja.
Uno de los dos necesita hablar. Necesita resolverlo ahora, aclararlo ahora, saber ahora que estáis bien. Insiste, pregunta, sube el tono.
El otro se satura. Nota que el cuerpo se le acelera, que no encuentra las palabras, y hace lo único que se le ocurre para bajar la tensión: retirarse. «Ahora no.» «Déjalo.» Se va a otra habitación.
Y aquí está la trampa: cuanto más persigue uno, más se aleja el otro. Y cuanto más se aleja uno, más persigue el otro. Los dos están intentando lo mismo, que la relación esté bien, y los dos hacen justo lo que empeora al otro.
Esto casi nunca es un problema de carácter. Suele tener que ver con cómo aprendisteis a vincularos mucho antes de conoceros. Quien persigue suele haber aprendido que si no insiste, desaparece el otro: es la lógica del apego ansioso. Quien se aleja suele haber aprendido que la cercanía intensa es peligrosa y que lo más seguro es gestionarlo solo: la lógica del apego evitativo.
Ninguno de los dos lo hace para hacer daño. Cada uno hace lo que aprendió a hacer para sobrevivir emocionalmente. Y si os preguntáis por qué acabáis siempre con el mismo tipo de persona, aquí lo contamos con más calma.
Cinco cosas que sí podéis hacer
No son trucos. Son cambios pequeños que, sostenidos, mueven bastante.
Empezad por vosotros, no por el otro
Cambiad «tú nunca me escuchas» por «me siento sola cuando te cuento algo y estás con el móvil». Suena parecido, pero no lo es. La primera frase pide defensa. La segunda pide cercanía.
Cuidad los primeros treinta segundos
Gottman comprobó que cómo empieza una conversación difícil predice cómo va a acabar en la gran mayoría de los casos. Si arranca con reproche, ya está perdida. Si arranca con «necesito contarte algo que me está pasando», hay conversación.
Pedid una pausa, y ponedle hora
Cuando el cuerpo está activado, con el corazón acelerado y el pecho apretado, no se puede escuchar. Literalmente: el cerebro está ocupado en defenderse. Pedir veinte minutos no es huir, siempre que se diga entero: «Necesito parar veinte minutos y seguimos, no me estoy yendo.» Esa segunda parte es la que evita que el otro se quede en pánico.
Preguntad antes de responder
«¿Qué es lo que más te ha dolido de esto?» Una sola pregunta, hecha de verdad, desactiva más discusiones que cualquier argumento. Porque lo que casi todo el mundo quiere en una discusión no es ganar: es que le entiendan.
Reparad
Esto es lo más importante de todo el artículo. Las parejas que duran no son las que no se hacen daño. Son las que saben volver después. Un mensaje al rato, una mano en la espalda, un «me he pasado». La reparación no borra lo que pasó, pero le dice al otro que eso no rompe lo vuestro.
Cuándo tiene sentido pedir ayuda
No hace falta estar al borde de la ruptura. De hecho, cuanto antes, mejor: se calcula que las parejas tardan una media de seis años en pedir ayuda desde que aparece el problema. Seis años es mucho tiempo repitiendo el mismo baile.
Puede ser un buen momento si os reconocéis en alguna de estas señales.
Discutís siempre por lo mismo y ya sabéis de memoria cómo va a acabar.
Habéis dejado de discutir, pero tampoco os contáis nada.
Uno de los dos siente que camina de puntillas por casa.
Hay un tema, los suegros, el dinero, el sexo o los hijos, que directamente no se puede tocar.
Ha pasado algo grande, una infidelidad, una pérdida o un cambio de país, y no encontráis la manera de atravesarlo juntos.
En terapia de pareja no se trata de decidir quién tiene razón. No hacemos de árbitro. Lo que hacemos es ayudaros a ver el baile desde fuera, entender de dónde viene el paso de cada uno y aprender a hablaros de otra manera. Muchas veces la persona que parece el problema simplemente es la que expresa el malestar en voz alta.
Y sí, el estilo de apego se puede cambiar. No se cierra esa puerta con veintitantos, ni con cuarenta, ni con sesenta. Las relaciones que nos hicieron daño se reparan, en buena medida, dentro de otras relaciones.
Si algo de esto os ha sonado, podéis escribirnos sin compromiso y os contamos cómo trabajamos. A veces basta con una primera conversación para dejar de sentir que estáis solos en esto.