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Cómo se forma el apego en la infancia (y por qué marcará la forma en que tu hijo se relacionará con el mundo)

9 min

Ivet Vidal. Psicóloga infanto-juvenil. Psicoterapeuta familiar y de pareja.

Publicado

24 de julio de 2026

Bibliografía

Ainsworth, M. (1970); Bowlby, J. (1976, 1988). Teoría del apego y comportamiento afectivo.


Dantagnan, M. & Barudy, J. (2005). Los buenos tratos a la infancia: Parentalidad, apego y resiliencia. Editorial Gedisa.


Winnicott, D. W. (1965). El proceso de maduración en el niño: Estudios en una teoría del desarrollo emocional. Paidós. (La obra original en inglés es The Maturational Processes and the Facilitating Environment, publicada en 1965).

Todos los niños nacen con una necesidad profunda: la de sentirse seguros junto a quien los cuida.


Esa seguridad no se enseña con palabras, sino con cientos de gestos cotidianos: atender el llanto, mirar con calma, sostener cuando aparece el miedo, responder cuando el niño necesita consuelo. Es en esas pequeñas experiencias repetidas donde empieza a construirse lo que conocemos como apego, el primer vínculo emocional de nuestra vida.


Ese vínculo es mucho más que una relación entre un niño y sus padres. Es el lugar desde el que el niño aprende cómo funcionan las relaciones y cómo debe situarse él dentro de ellas. Poco a poco irá construyendo ideas sobre sí mismo y sobre los demás: si puede confiar cuando necesita ayuda, si expresar sus emociones es seguro o si tendrá que aprender a gestionarlas solo.


Cuando un niño crece sintiéndose seguro


Cuando un niño encuentra una figura de apego disponible, que responde de forma sensible la mayor parte del tiempo, desarrolla lo que llamamos apego seguro.


Esto no significa responder de forma perfecta a todas sus necesidades. De hecho, el pediatra y psicoanalista Donald Winnicott introdujo un concepto que sigue siendo una referencia en la psicología del desarrollo: el de la madre suficientemente buena.


Con esta idea explicaba que los niños no necesitan cuidadores perfectos, sino adultos que, la mayor parte del tiempo, estén disponibles, sepan reparar cuando se equivocan y permitan que el niño vaya tolerando pequeñas frustraciones de forma progresiva y segura.


Es precisamente esa combinación entre cuidado, reparación y pequeñas dosis de frustración la que favorece un desarrollo emocional saludable.


Todos los vínculos pasan por momentos de desconexión. Lo importante es que exista una tendencia estable a cuidar, consolar y reparar.


Gracias a esa experiencia, el niño aprende que puede explorar el mundo porque tiene un lugar seguro al que volver cuando algo le asusta o le sobrepasa.


Desde esa seguridad se atreve a jugar, probar cosas nuevas, equivocarse y desarrollar su autonomía.


Paradójicamente, los niños más independientes no suelen ser los que menos necesitan a sus padres, sino aquellos que han aprendido que pueden contar con ellos cuando realmente los necesitan.


Cuando expresar las emociones deja de ser seguro


No todos los niños viven esa experiencia.

Algunos descubren muy pronto que mostrar lo que sienten tiene un coste.


Puede que sus necesidades sean ignoradas, minimizadas o recibidas con enfado. O quizá crecen con adultos que, por diferentes circunstancias, no consiguen responder de forma constante a sus necesidades emocionales.


Entonces el niño hace algo extraordinario.

Se adapta.


Porque un niño no puede dejar de necesitar a las personas que le cuidan. Su supervivencia depende precisamente de ese vínculo.


Lo único que puede hacer es modificar la forma en que expresa esa necesidad.

Es así como aparecen los apegos inseguros.


No son un problema con el que el niño nace ni un defecto en su personalidad. Son estrategias que desarrolla para protegerse y mantener el vínculo con quienes necesita para sobrevivir.


El niño que aprende a no necesitar: el apego evitativo


Imaginemos a un bebé que llora en su cuna y no recibe consuelo. Al principio insistirá una y otra vez. Buscará la mirada, el contacto y la cercanía del adulto.

Pero si esa respuesta no llega de forma repetida, su sistema nervioso terminará aprendiendo algo muy doloroso: pedir ayuda no cambia nada. Y poco a poco dejará de hacerlo.


Es importante entender que no deja de necesitar cariño, consuelo o protección. Lo que deja de hacer es mostrar esa necesidad.


Cuando estos niños crecen suelen parecer muy independientes, tranquilos y autosuficientes. Se adaptan fácilmente, protestan poco y muchas veces escuchamos frases como: "Es que él siempre ha sido muy independiente."


Sin embargo, detrás de esa aparente calma suele haber un gran esfuerzo por no mostrar vulnerabilidad.


Han aprendido que sentir sigue siendo inevitable, pero expresar lo que sienten no siempre es seguro.


En la adolescencia o en la vida adulta este patrón puede traducirse en dificultades para confiar plenamente en los demás, expresar emociones, pedir ayuda o sentirse cómodo con la intimidad.


El niño que teme ser olvidado: el apego ansioso


Otros niños viven una experiencia muy diferente.

Su figura de apego unas veces está disponible y afectuosa, y otras se muestra distante, irritable o emocionalmente ausente.


Para un niño pequeño esto genera una enorme incertidumbre. Nunca sabe qué versión del adulto encontrará.


Como consecuencia, su sistema de apego permanece constantemente activado. Necesita comprobar una y otra vez que esa persona sigue estando ahí.


Por eso llora con más intensidad, busca más contacto, reclama atención o tiene muchas dificultades para separarse de sus figuras de referencia.


No intenta manipular, ni salirse con la suya.

Está intentando sentirse seguro.


Cuando el cariño se percibe como impredecible, el cerebro aprende que debe permanecer siempre alerta para no perder el vínculo.


En la adolescencia y en la vida adulta este aprendizaje puede traducirse en relaciones donde existe un intenso miedo al abandono, necesidad constante de confirmación o una gran dificultad para tolerar la distancia emocional.


Cuando quien debe proteger también da miedo: el apego desorganizado


Hay situaciones todavía más complejas.

Ocurren cuando la misma persona que debería ofrecer protección también genera miedo. Puede suceder en contextos de maltrato, negligencia o cuando el adulto vive una gran inestabilidad emocional que le impide ejercer ese papel de forma segura.


El niño queda atrapado en un conflicto imposible de resolver.


Necesita acercarse para sentirse protegido, pero al mismo tiempo siente miedo de la persona que debería cuidarle.


Por eso estos niños pueden mostrar comportamientos muy contradictorios: buscan el contacto y, al mismo tiempo, lo rechazan; necesitan ayuda, pero desconfían de quien intenta ofrecérsela.


En realidad, viven un gran caos interno entre el deseo de vincularse y el miedo a hacerlo.

Aprenden que, si no pueden contar con quien debería protegerles, es mejor no contar con nadie.


¿Es posible reparar el vínculo?


La buena noticia es que el apego no es una losa inamovible.

Aunque las primeras experiencias dejan una huella profunda, el cerebro continúa aprendiendo durante toda la vida y las relaciones también pueden convertirse en experiencias reparadoras.


En el espacio terapéutico, muchos niños encuentran por primera vez una relación constante, segura y predecible desde la que aprender a reconocer sus emociones, ponerles nombre y expresar sus necesidades sin miedo.


Y para madres y padres también hay un mensaje importante. No nacemos sabiendo cuidar emocionalmente.


La forma en que acompañamos a nuestros hijos está profundamente influenciada por cómo nos acompañaron a nosotros.


Por eso, muchas veces, para ayudar a un hijo no basta con aprender nuevas herramientas de crianza. También es necesario comprender nuestra propia historia, identificar nuestras heridas y desarrollar una manera diferente de relacionarnos.


Winnicott también explicaba que una madre suficientemente buena es, inevitablemente, una madre suficientemente mala en algunos momentos. No porque descuide a su hijo, sino porque no puede anticiparse a todas sus necesidades ni responder siempre de forma inmediata. Esas pequeñas frustraciones, cuando ocurren dentro de una relación segura, no dañan el apego; al contrario, ayudan al niño a desarrollar tolerancia a la espera, confianza y autonomía.


El problema no son esos fallos cotidianos, sino la ausencia mantenida de disponibilidad emocional o la incapacidad para reparar cuando el vínculo se rompe.


Porque acompañar desde el amor no consiste en tener todas las respuestas y estar siempre en calma. Consiste en aprender a estar presentes cuando un niño más nos necesita y reparar cuando no hemos podido estarlo.


En el próximo artículo veremos cómo reconocer las señales que pueden indicar qué estilo de apego está desarrollando tu hijo y cómo interpretar esos comportamientos sin caer en etiquetas.

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