Cómo favorecer un apego seguro en el día a día (sin necesidad de ser un padre o una madre perfecta)
10 min

Ivet Vidal. Psicóloga infanto-juvenil. Psicoterapeuta familiar y de pareja.
Publicado
25 de julio de 2026
Bibliografía
Ainsworth, M. (1970); Bowlby, J. (1976, 1988). Teoría del apego y comportamiento afectivo.
Dantagnan, M. & Barudy, J. (2005). Los buenos tratos a la infancia: Parentalidad, apego y resiliencia. Editorial Gedisa.
Winnicott, D. W. (1965). El proceso de maduración en el niño: Estudios en una teoría del desarrollo emocional. Paidós. (La obra original en inglés es The Maturational Processes and the Facilitating Environment, publicada en 1965).
En los dos artículos anteriores hemos hablado de cómo se forma el apego y de las señales que pueden ayudarnos a comprender cómo se siente un niño dentro de la relación con sus figuras de referencia.
Es normal que, después de leerlos, aparezca una pregunta:
¿Qué puedo hacer yo para favorecer un apego seguro?
La respuesta puede sorprenderte.
No se trata de aprender una técnica concreta ni de responder siempre de la manera perfecta.
El apego no se construye en un momento puntual. Se construye en la suma de miles de pequeñas experiencias cotidianas: una mirada que transmite calma, un abrazo cuando lo necesita, un límite que cuida, una reparación después de un conflicto o un adulto que vuelve a estar disponible cuando ambos se han calmado.
Si estás leyendo este artículo, probablemente ya hay algo importante a tu favor: te preocupa cómo estás acompañando a tu hijo.
Y eso es algo que veo con frecuencia en consulta.
La mayoría de las madres y padres que llegan no son negligentes ni indiferentes. Al contrario. Son familias que quieren hacerlo mejor que como se hizo con ellas, que leen, se informan y reflexionan sobre su forma de educar.
Sin embargo, también llegan agotadas, con dudas constantes y con la sensación de no estar a la altura.
Por eso, antes de empezar, me gustaría decirte algo importante.
Tu hijo no necesita que seas perfecto.
Necesita que seas una figura suficientemente segura la mayor parte del tiempo.
El apego se construye en lo cotidiano, no en los grandes momentos
A veces imaginamos que el vínculo se crea gracias a experiencias extraordinarias: unas vacaciones inolvidables, un regalo especial o una actividad preparada con mucho cariño.
Pero el apego no funciona así.
Se construye durante los momentos más sencillos del día.
Cuando le ayudas a ponerse los zapatos mientras te cuenta algo importante.
Cuando lo abrazas después de una pesadilla.
Cuando sonríes al reencontrarte después del colegio.
Cuando le acompañas mientras llora porque algo no ha salido como esperaba.
Cuando sabe que, si tiene miedo, puede acudir a ti.
No son los grandes gestos los que crean seguridad. Son las pequeñas experiencias repetidas una y otra vez.
¿Qué ayuda realmente a construir un apego seguro?
1. Estar disponible emocionalmente
Los niños necesitan sentir que, cuando algo les desborda, hay un adulto dispuesto a acompañarlos.
Eso no significa dejar todo lo que estás haciendo cada vez que te llaman.
Significa que, cuando realmente necesitan ayuda, encuentran una figura que intenta comprender qué les ocurre antes de reaccionar únicamente ante su comportamiento.
Por ejemplo, imagina que tu hijo llega del colegio especialmente irritable.
En pocos minutos discute con su hermano, responde mal y termina llorando porque no encuentra un juguete.
Podemos quedarnos únicamente con la conducta y pensar:
"Hoy está insoportable."
O podemos preguntarnos:
"¿Qué le habrá pasado hoy para estar tan desbordado?"
Ese pequeño cambio de mirada transforma completamente la manera de acompañarlo e implica, si o si, cuidarte primero tu.
2. Ayudarle a poner nombre a lo que siente
Los niños no nacen sabiendo identificar sus emociones.
Aprenden gracias a los adultos que les ayudan a entender lo que ocurre dentro de ellos.
No hace falta dar grandes explicaciones.
A veces basta con frases sencillas como:
"Veo que estás muy enfadado."
"Creo que esto te ha dado mucha rabia."
"Parece que hoy estás triste."
Cuando un niño se siente comprendido, su sistema nervioso empieza poco a poco a recuperar la calma.
No porque desaparezca la emoción, sino porque deja de vivirla en soledad, se siente visto y el dolor no se queda en el cuerpo.
3. Ser una base segura desde la que explorar
Uno de los mayores regalos que podemos ofrecer a un hijo no es que permanezca siempre cerca de nosotros.
Es que se atreva a alejarse sabiendo que puede volver.
Eso ocurre cuando un niño siente que tiene una base segura.
Lo vemos constantemente en un parque.
Un niño juega, corre, explora y, de vez en cuando, levanta la vista para comprobar que su madre, su padre o su cuidador sigue ahí.
No necesita estar encima de él continuamente.
Solo necesita saber que, si algo ocurre, encontrará un lugar seguro al que regresar. Me gusta pensar en la metáfora del águila que se limita a sobrevolar y sólo baja al suelo en los momentos necesarios.
Por eso, un apego seguro no fomenta la dependencia. Favorece la autonomía.
4. Poner límites también es cuidar
Este es probablemente uno de los aspectos que más dudas genera.
En los últimos años han aparecido muchos mensajes sobre crianza respetuosa que, a veces, pueden hacer pensar que poner límites es perjudicial para el apego.
Sin embargo, ocurre justamente lo contrario.
Los niños necesitan límites.
Los límites les ayudan a sentirse protegidos, a comprender cómo funciona el mundo y a desarrollar seguridad.
La diferencia no está en poner o no poner límites. La diferencia está en cómo los ponemos.
No es lo mismo decir:
"¡Eres un rabioso! ¡Siempre estás igual!"
que decir:
"No voy a dejar que pegues a tu hermano. Entiendo que estás muy enfadado, pero en casa nos cuidamos"
Tampoco significa que debamos hablar siempre con absoluta calma. Hay situaciones en las que un límite tiene que ser inmediato.
Si un niño sale corriendo hacia una carretera, intenta cruzar sin mirar o está haciendo daño a otro niño, nuestra prioridad no es validar primero su emoción.
Nuestra prioridad es protegerlo o atender al niño. Podremos hablar después.
Porque un límite firme no rompe el apego.
Lo que puede dañarlo es la humillación, el miedo constante o la sensación de que el cariño depende de cómo se comporte.
5. Reparar después de los errores
Quizá este sea el aspecto más importante de todos.
Ningún padre ni ninguna madre responde siempre de la mejor manera.
Habrá días en los que estés cansado.
Días en los que perderás la paciencia.
Días en los que levantarás la voz.
Y eso no significa que hayas roto el vínculo con tu hijo.
Lo verdaderamente importante es qué ocurre después.
Imagina que, después de un día especialmente difícil, acabas gritándole.
Cuando ambos os habéis calmado, te acercas y le dices:
"Antes te he gritado. Estaba muy enfadado y no lo he hecho bien. Lo siento. La próxima vez intentaré hacerlo de otra manera."
Con ese gesto no estás perdiendo autoridad.
Estás enseñando algo mucho más valioso.
Le estás mostrando que las relaciones pueden repararse.
Que equivocarse forma parte de la vida.
Y que el amor no desaparece cuando hay conflictos.
Lo que NO significa favorecer un apego seguro
Después de leer todo esto, quizá hayas pensado:
"Entonces nunca debería enfadarme."
"Nunca debería levantar la voz."
"Siempre debería validar todas sus emociones."
No.
Favorecer un apego seguro no significa convertirse en un padre o una madre perfecta.
No significa decir siempre que sí.
No significa evitar toda frustración.
No significa estar disponible las veinticuatro horas del día.
Y tampoco significa no perder nunca la paciencia.
La crianza es intensa.
Hay días maravillosos y otros muy difíciles.
Hay momentos en los que conseguimos mantener la calma y otros en los que simplemente hacemos lo que podemos con los recursos que tenemos.
Eso no convierte a nadie en un mal padre o una mala madre.
De hecho, el pediatra y psicoanalista Donald Winnicott hablaba de la importancia de ser una madre suficientemente buena, una idea que hoy podemos extender a cualquier figura cuidadora.
No necesitamos hacerlo perfecto.
Necesitamos estar presentes, responder de manera suficientemente sensible la mayor parte del tiempo y reparar cuando inevitablemente nos equivocamos.
En resumen
Favorecer un apego seguro no consiste en encontrar las palabras perfectas, en gestionar cada rabieta con absoluta calma o en no perder nunca la paciencia.
Consiste en construir una relación en la que tu hijo descubra, día tras día, que sus emociones importan, que puede acudir a ti cuando algo le desborda y que, incluso después de un conflicto, el vínculo sigue siendo un lugar seguro.
Habrá límites.
Habrá frustraciones.
Habrá días difíciles.
Y también habrá errores.
Nada de eso impide construir un apego seguro.
Porque los niños no necesitan crecer junto a padres perfectos. Necesitan crecer junto a adultos reales, capaces de querer (y quererse), de proteger (y protegerse), de poner límites cuando hace falta, de equivocarse y, sobre todo, de poder reparar después dejando de lado el orgullo.
Ese es, probablemente, uno de los mayores regalos que podemos ofrecerles.